Con daga en mano

Existía y existe un viejo, señor profesor, con características muy particulares. Por ejemplo, tenía un bigote de aspecto que en otro tiempo se hubiera denominado liberal pero ahora no lo es. Todos los días, asistía a clase fumando pipa y con bastón en mano; incluso, algunos de sus colegas docentes, que en algún tiempo también fueron parte del alumnado, afirman que en su bastón guardaba una daga y, en momentos de debilidad o aburrimiento en clase, la sacaba. Santiago era su nombre y, como a la mayoría de hombres, su pasión eran las mujeres. Las malas lenguas afirman que este singular personaje conseguía, de manera sencilla, captar la atención de las mujeres que consideraba atractivas; compañeras, profesoras actualmente quedaban encantadas con sus habilidades literarias. Estas son algunas de las cosas que Santiago realizaba en su tiempo libre. 

Sin embargo, un detalle que muy pocos conocen es su afición por los tatuajes. Santiago aparte de ser profesor es un dedicado lector y escritor. De ahí que se derive su costumbre de tatuarse cada vez que escribe un libro o que un texto lo marque. Incluso, en una ocasión, Santiago decidió hacerse un tatuaje distinto a su personalidad: una calavera con guantes que adornaba todo su brazo. En ese momento de su vida, él se encontraba escribiendo una novela que, según él, sería el trabajo de su vida; esta obra se compondría de cuatro novelas, de distinto género, que relaten la historia del Ecuador desde su perspectiva juvenil. Con esta motivación, Santiago se decidió a inmiscuirse en la vida de un ecuatoriano común y corriente. Así que lo primero que hizo fue ir a un bar a ver pasar el tiempo. Entre copa y copa, charla y charla, a Santiago se le subió el alcohol a la cabeza. De repente, se vio sacando la daga del bastón, cuando dos individuos lo habían empujado desde la barra; su vaso de whisky se rompió en el momento en la policía se acercó y se llevó detenidos a todos los involucrados.

Al final, Santiago pudo salir rápido de prisión y esta experiencia le sirvió para poder explicar el liberalismo de la época en su obra; la escribió completa y pudo al fin conseguir su tatuaje más representativo pero esta vez también decidió darle un giro serio a su vida. Se casó. Tuvo un hijo al que le gustarían los cómics. Y la historia se acabó.

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